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La ley del mínimo
esfuerzo, si ciertamente ha permitido una relación
fluida no-experta con la máquina, promoviendo una mayor
atención a la creación de contenidos y acercando
la máquina y sus posibilidades a grandes capas de la sociedad,
por el otro lado también ha sido una coartada para mantener
apartadas a las masas del control sobre el mecanismo, lo que ha
llevado a una jerarquización social del técnico
así como a una percepción ilusionista de la tecnología
(la magia se fundamenta en la visualización del efecto,
pero en la ocultación de la causa).
No podemos dejar de
lado otra perspectiva importante; no es otra que el nacimiento
de esa visión naturalista dentro de la estructura militar.
Los primeros interfaces modernos, tal y cómo los conocemos
hoy, empezaron a desarrollarse en el ámbito de la relación
entre los soldados y las máquinas (especialmente en calculadoras
balísticas, radares, aviones, tanques y submarinos, y más
tarde en el entorno espacial). Para un soldado, se hace totalmente
necesario despreocuparse del funcionamiento interno de la máquina
(que paulatinamente se automatiza) para así estar totalmente
pendiente de poder articular una capacidad de respuesta inmediata,
a través de un simple botón. Este proceso debería
explicarnos mucho sobre la simbiosis entre el hombre soldado y
el hombre civil ocurrido durante toda la segunda mitad del siglo
XX. La velocidad de respuesta que (nos) exigimos hoy procede en
buena medida de una percepción militarista (recopilación
actualizada de datos, interconectividad y previsión continuada
de entornos para una plena y satisfactoria operatividad). Y, ¿hasta
qué punto muchos de las propuestas expresadas por los activistas
del do it yourself no reflejan este propio modelo interactivo
militar?
Por otro lado, el
hecho de que buena parte de la tecnología desde un principio
haya recalado en casa (dándole la razón a la expresión
de Benjamin que citábamos más arriba) ha ayudado
mucho a entender nuestra relación con las máquinas
desde esa perspectiva de "naturalización". Se
hace necesario en este terreno un análisis de las implicaciones
que el ámbito doméstico ha tenido en cierto desarrollo
de la tecnología; pero también un análisis
de cómo la tecnología ha influido en los modelos
domésticos contemporáneos Y todo esto, siempre con
la mirada puesta en los modernos estudios independientes que muchos
tenemos en casa; rodeados de cotidianos envases de yogur vacio
y de tachas de porro en los ceniceros.
Estas dos lecturas
parecen haberse confrontado durante años. Por un lado,
filósofos humanistas como Jacques Ellul (incluso el propio
Heidegger) han sostenido que la sociedad no estaba del todo preparada
para el impacto de la tecnología, argumentando así
una visión de la máquina desvinculada de sustratos
y relaciones sociales. Por el otro, sociólogos como Benjamin,
o más recientemente Patrice Flichy o Brian Winston, argumentan
que la tecnología nace por voluntad de tecnificación
social, patrocinada por las clases dirigentes industriales y refrendada
por una clase obrera, que aunque temerosa de la máquina
por sus implicaciones laborales a medio plazo, veía en
ella un aliado para la mejora de sus condiciones de vida. No estaría
de más poner atención a esta cuestión antes
de entrar en otros mejunjes.
En todo caso, el hecho
de que buena parte de los aparatos de producción ya no
se encuentren en lugares específicos profesionales (llámese
oficina, estudio, productora o taller) sino en los ámbitos
domésticos también llama a una revisión de
una cierta economía del significado social: en la casa,
especialmente gracias a la tecnología informático-telefónica-televisiva,
y a la nueva y desdibujada estructura espacio-laboral, las fronteras
entre el ocio y el trabajo van desapareciendo. Ello debería
ser suficiente motivo para llevar a cabo nuevos análisis
sobre el carácter de muchos de los productos resultantes;
el sampler, el software de audio y de video, el universo web apuestan
radicalmente por un ocio desarticulado tanto de críticas
sobre las propias máquinas como de cuestionamientos sobre
el carácter social de los ambientes en los que se insertan
(la discoteca, la publicidad y el propio arte).
Esta afirmación
indudablemente puede llevar a escoceduras. Y no quiero rehuirlas.
Pero hay algo innegable, al menos a la luz de ciertos comportamientos
artísticos (las recientes exposiciones y actividades entorno
a la cultura de club, en el CGAC, en el CACC, en la Virreina,
etc.): buena parte de esas producciones, ante la tradicional dificultad
de acceso al podrido mundo institucional del arte, se han refugiado
en dominios alternativos, pero profundamente mediatizados por
el espectáculo del ocio. En este sentido. El éxito
en el mundo del arte de los mecanismos digitales de producción
viene también dado porque estandariza la técnica,
el gran baluarte tanto de una concepción "genialista"
como "culinaria" del proceso artístico
Un análisis
de la cultura del do it yourself no puede ser únicamente
un acto de celebración sobre las posibilidades que las
tecnologías domésticas ofrecen para paliar el monopolio
de la información y de la representación por parte
de las grandes corporaciones. Por el contrario, debe ser capaz
a su vez de afrontar con valentía la propia naturaleza
de los mecanismos con los que trabajamos (y de sus apariencias,
los interfaces del push-botton living) y no sólo
cuestionar el carácter de los contenidos que en ellos se
emplazan, por importante que esto sea.
Para ver otros textos
del autor sobre el tema, ver
arriba
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